razón que parecía necesitar alimento con fuerzas mayores de las que poseía en su interior, y su uso sumiso de todos los oficios de la Iglesia era simplemente un velar y aguardar por si, de algún modo, llegaba una fuerza renovada. El problema acuciante para Romola en aquel momento no era resolver cuestiones de controversia, sino mantener viva esa llama de emoción desinteresada mediante la cual una vida de tristeza aún pudiera ser una vida de amor activo.
Su confianza en la naturaleza de Savonarola como algo mayor que la suya propia constituía una gran parte de la fuerza que había hallado. Y esa confianza no iba a quebrantarse a la ligera.
No es la fuerza del intelecto lo que provoca el rápido rechazo ante las desviaciones y excentricidades de la grandeza, del mismo modo que no es la agudeza visual lo que lleva al ojo a examinar las verrugas en un rostro iluminado por la expresión humana; es simplemente la negación de las altas sensibilidades.
Romola estaba tan profundamente conmovida por las grandes energías de la naturaleza de Savonarola, que se sorprendía a sí misma escuchando pacientemente todos los dogmas y profecías, cuando estos llegaban envueltos en su fe ardiente y en su palabra creyente.
Ninguna alma está desolada mientras haya un ser humano por el que pueda sentir confianza y reverencia.
La confianza de Romola en Savonarola era algo así como una cuerda suspendida de forma segura junto a su camino, que hacía que su paso fuera elástico mientras la sujetaba; si de repente fuera retirada, ninguna firmeza del suelo que pisaba podría salvarla de tambalearse, o tal vez de caer.