La expresión fuerte e inconfundible de todo su aspecto y persona era negativa, y resultaba perfectamente veraz; declaraba la ausencia de cualquier pretensión incosteable, de cualquier vanidad inquieta, y convertía la admiración que lo seguía mientras pasaba entre el grupo de vacacionistas en un tributo enteramente voluntario.
Pues ya a estas alturas se sentía el bullicio de la Festa incluso en las calles más estrechas y secundarias; la muchedumbre que en un principio se había concentrado en las rutas por donde debía pasar la procesión, fluía ahora en todas direcciones en pos de un nuevo objetivo.
Tales intervalos de una Festa son precisamente los momentos en que los espíritus animales, vagamente activos de una multitud, tienden a mostrarse más petulantes y más dispuestos a sacrificar a un individuo extraviado en aras de la mayor felicidad para el mayor número.
Al entrar Tito en el barrio de San Martino, halló la muchedumbre bastante más densa; y cerca de la hostería de las Bertucce, o de los Babuinos, había evidentemente algún objeto que detenía a los transeúntes y los agrupaba en un nudo. No se necesitaba gran cosa de interés para apartar a los transeúntes libres de propósito, y Tito se disponía a desviarse hacia una calle adyacente, cuando, entre las risas estridentes, su oído distinguió la voz angustiada de un niño que gritaba: «¡Sueltame! ¡Santísima Virgen, ayúdame!», lo cual le determinó al instante a abrirse paso entre el grupo de mirones.
Apenas tuvo tiempo de percibir que la voz angustiada procedía de una joven contadina, cuyo capuchón blanco se le había caído en el forcejeo por liberar las manos del asimiento de un hombre con el traje multicolor de un cerretano, o saltimbanqui, quien intentaba calmarla y persuadirla entre risas, contando evidentemente con la divertida simpatía de los espectadores. Estos,