Baldassarre comenzó a hablar como si estuviera plenamente seguro de lo que tenía que decir; pero, a pesar de su larga preparación para este momento, había un temblor de emoción abrumadora en su voz. Su pasión lo sacudía. Siguió adelante, pero no dijo lo que había querido decir. Al fijar los ojos en Tito de nuevo, las palabras apasionadas fueron como golpes; desafiaban la premeditación.
“Hay un hombre entre vosotros que es un canalla, un mentiroso, un ladrón.
Fui un padre para él. Lo saqué de la mendicidad cuando era un niño. Lo crié, lo abrigué, le enseñé, lo hice un erudito. Mi cabeza ha yacido dura para que la suya tuviera una almohada. Y me dejó en la esclavitud; vendió las joyas que eran mías, y cuando volví, me negó”.
Las últimas palabras habían sido pronunciadas con una agitación casi convulsa, y Baldassarre se detuvo, temblando. Todas las