La confesión
Cuando Romola llevó a casa a Tessa y a los niños, abril ya tocaba a su fin, y la otra gran inquietud que albergaba en su mente había llegado a su grado máximo con la publicación impresa del Proceso de Fray Girolamo, o más bien de las confesiones obtenidas de él por los dieciséis ciudadanos florentinos encargados de interrogarlo.
La aparición de este documento, publicado por orden de la Señoría, había suscitado tan enérgicas expresiones de sospecha y descontento públicos que de inmediato se tomaron severas medidas para retirarlo. Por supuesto, hubo ejemplares extraviados por accidente, y una segunda edición, ya no por orden de la Señoría, pronto estuvo en manos de ávidos lectores.
Romola, que empezaba a desesperar de hablar jamás con fray Girolamo, leyó este testimonio una y otra vez, deseando juzgarlo con una luz más clara que las impresiones contradictorias que tomaban forma de afirmaciones en boca tanto de los partidarios como de los enemigos.
En los seguidores más devotos de Savonarola, su falta de constancia bajo la tortura y su retractación de sus pretensiones proféticas habían producido una consternación demasiado profunda como para ser disipada de inmediato —como lo fue a la postre— por la sospecha, que pronto se convirtió en un dato certero, de que cualquier palabra atribuida a él que estuviera en inexplicable contradicción con su fe en su persona no había salido de los labios del profeta, sino de la pluma falsificadora de Ser Ceccone, aquel notario de mala reputación que había redactado el sumario del interrogatorio. Pero había hechos evidentes que