hace mucho tiempo. ¡No! Debo volver ahora; tú no corres peligro. Toma, me llevaré un albaricoque. ¡Addio!
Ya se había apartado dos varas de ella cuando pronunció la última palabra. Tessa no habría podido hablar; estaba pálida y un gran sollozo le subía a la garganta; pero se dio la vuelta como si sintiera que no le quedaba esperanza, y siguió andando, sosteniendo su delantal con tanta desmemoria que los albaricoques empezaron a rodar por la hierba.
Tito no pudo evitar seguirla con la mirada, y al ver que sus hombros se estremecían con un sollozo ahogado y que los albaricoques caían al suelo, no pudo evitar ir tras ella para recogerlos. Era una situación muy difícil para él: estaba muy lejos de la Vía de' Bardi y muy cerca de Tessa.
—Mira, tontita —dijo, recogiendo los albaricoques—. Ven, deja de llorar, iré contigo y nos sentaremos bajo el árbol. Vamos, no me gusta verte llorar; pero ya sabes que tengo que volver algún día.
Así sucedió que encontraron un gran plátano no muy lejos de las puertas, y se sentaron bajo él, y todo el banquete quedó extendido sobre el regazo de Tessa, la cual se inclinaba apoyando la espalda en el tronco del árbol, y él se tendía enfrente de ella, apoyando los codos en el tosco verdor nutrido por la sombra, mientras la luz del sol sefiltraba entre las ramas y revoloteaba a su alrededor como un ser alado.
El rostro de Tessa volvía a reflejar plena satisfacción, y el sabor de los albaricoques y los dulces resultaba de lo más delicioso.
—¡Qué pájaro tan bonito! —dijo Tito, mirándola mientras ella estaba sentada contemplando los restos del banquete con un evidente debate mental sobre si guardarlos, ya que él había dicho que no quería más—. ¡Pensar que alguien te regañe, Tessa! ¿De qué pecados hablas en la confesión?