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LIX

Suplica

La mañana brillaba en su primera claridad cuando Romola iba de nuevo camino de San Marco, habiendo obtenido por medio de fray Salvestro, la tarde anterior, la promesa de una entrevista con fray Girolamo en la sala capitular del convento.

La rigidez con que Savonarola guardaba su vida de todos los pretextos de la calumnia hacía que tales entrevistas fuesen muy raras y, siempre que se concedían, se mantenían libres de cualquier apariencia de misterio. Por esta razón, la hora elegida era una en la que probablemente habría otros visitantes en los claustros exteriores de San Marco.

Eligió pasar por el corazón de la ciudad para poder percatarse de los indicios del sentimiento público. Cada logia, cada rincón propicio de la plaza, cada tienda que servía de punto de encuentro para los corrillos, hervía con la agitación de un debate gratuito; un comercio languideciente que tendía a avivar aún más la discusión política. Era evidente que los partidos a favor y en contra de la muerte de los conspiradores estaban empeñados en hacer el mayor uso posible del intervalo de tres días para determinar el estado de ánimo popular. Ya circulaban panfletos; unos que presentaban, en grandes caracteres, la alternativa de la justicia para los conspiradores o la ruina para la República; otros, en letra igualmente grande, que instaban a la observancia de la ley y a la concesión de la Apelación. Alrededor de estos islotes salientes de mayúsculas negras había lagos de caracteres más pequeños que exponían argumentos menos necesarios de

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