Bardo pasó su mano una y otra vez sobre los largos rizos y los apretó un poco, como si su resistencia espiral aclarara su visión interior; luego pasó la mano por la frente y la mejilla, trazando el perfil con el canto de la palma y el dedo anular, y dejando que la amplitud de su mano reposara sobre el óvalo generoso de la mejilla.
—Ah —dijo, mientras su mano se deslizaba desde el rostro y se posaba en el hombro del joven—. Debe de ser muy distinto de tu hermano, Romola; y tanto mejor. No tienes visiones, confío, mi joven amigo?
En este momento se abrió la puerta y entró, sin ser anunciado, un hombre alto y de edad avanzada con una hermosa lucco de seda negra, quien, desatándose el becchetto del cuello y quitándose la cofia, dejó al descubierto una cabeza tan blanca como la de Bardo. Dirigió una aguda mirada de sorpresa al grupo que tenía delante: el joven extranjero inclinado en aquella actitud filial, mientras la mano de Bardo descansaba sobre