heterogéneos sobre los cuales trabajar. Y uno de los secretos de esa influencia colosal residía en el carácter sumamente variado de su predicación. Baldassarre, transformado en el éxtasis de una venganza de autoflagelación, era tan solo un caso extremo entre las simpatías parciales y estrechas de aquel auditorio.
En la predicción de Savonarola había notas que apelaban a las más finas susceptibilidades de la naturaleza humana, y elementos que satisfacían el bajo egoísmo, halagaban la curiosidad chismosa y fascinaban la superstición timorata.
Su necesidad de predominio personal, sus laberínticas interpretaciones alegóricas de las Escrituras, sus visiones enigmáticas y su falsa certidumbre sobre las intenciones divinas nunca dejaron de ser ennoblecidas, en su propia y gran alma, por esa piedad ferviente, ese sentido apasionado de lo infinito, esa activa simpatía, esa lúcida exigencia de someter los intereses egoístas al bien general que compartía con los más grandes hombres de la humanidad.
Pero para la masa de su público, toda la fecundidad de su prédica radicaba en su rotunda afirmación de pretensiones sobrenaturales, en sus visiones denunciatorias, en esa falsa certidumbre que otorgaba a sus sermones el interés de un boletín político; y habiendo cautivado una vez a aquel público, era necesario para su naturaleza —era necesario para el bien de ellos— que mantuviera tal dominio. El efecto era inevitable. Ningún hombre ha luchado jamás por retener el poder sobre una multitud heterogénea sin sufrir degradación; su vara de medir ha de ser las necesidades más bajas de ellos y no su propia y mejor percepción.
Los misterios del carácter humano rara vez se han presentado de un modo más apto para frenar los juicios de la presuntuosa superficialidad que en Girolamo Savonarola; pero podemos rendirle una reverencia que no necesita cerrar los ojos ante los hechos si consideramos su vida como