Pero la intriga perfecta exige omnisciencia, y la envidia del notario se había visto avivada hasta convertirse en odio por causas de las que Tito no sabía nada. Esa tarde, cuando Tito, al regresar de su crucial audiencia con el Consejo Especial, había pasado rozando a ser Ceccone en la escalera, el notario —que acababa de volver de Pistoja y se había enterado del arresto de los conspiradores— iba camino de una diligencia que guardaba un humilde parecido con la de Tito. Él también, sin abandonar una apariencia de celo popular, había estado participando en la lotería medicea. Él también había estado al tanto de la conjura no ejecutada, y estaba dispuesto a contar lo que sabía, pero sabía mucho menos que contar. Él también habría estado dispuesto a cumplir misiones traicioneras, pero un agente más idóneo se le había adelantado. Sus propuestas fueron recibidas con frialdad; le dijeron que el consejo ya estaba en posesión de la información necesaria y que, dado que se había mostrado tan activo en la sedición, le convendría retirarse para mantenerse al margen de los problemas, pues de lo contrario el gobierno podría verse obligado a tomar nota de él. Ser Ceccone no necesitaba ninguna prueba para achacar su fracaso a Tito, y su inquina era tanto más amarga cuanto que la naturaleza del caso lo obligaba a guardar silencio al respecto. Tampoco era ese el único motivo de rencor hacia el próspero Melema. Al salir de su escondite y unirse a los Arrabbiati, se había ganado un sueldo como uno de los espías que informaban sobre los asuntos florentinos a la corte milanesa; pero su paga había sido escasa, a pesar de su empeño en redactar extensas cartas, y últimamente se le había comunicado que sus noticias rara vez pasaban de ser una versión tardía e imperfecta de lo que ya se sabía. Ahora
Table of Contents
LXIII
750