—Pero ¿cómo voy a acercarme a este gran hombre? —dijo el griego, con cierta impaciencia.
—A eso iba —dijo Nello—. Justo ahora todo el mundo de cierta importancia pública estará lleno con la muerte de Lorenzo, y a un forastero puede resultarle difícil conseguir atención. Pero entretanto, podría llevarlo ante un hombre que, si se lo propone, puede ayudarle a tener la oportunidad de una entrevista favorable con Scala antes que cualquier otra persona en Florencia—, que vale la pena ver por sí mismo también, por no hablar de sus colecciones, o de su hija Romola, que es tan bella como el lirio florentino antes de que se pusiera pendenciero y se volviera rojo.
“Pero si este padre de la bella Romola hace colecciones, ¿por qué no habría de gustarle comprar algunas de mis gemas él mismo?”
Nello se encogió de hombros. —Por dos buenas razones: falta de vista para mirar las gemas y falta de dinero para pagarlas. Nuestro viejo Bardo de’ Bardi está tan ciego que no puede ver más de su hija que, como él dice, un destello de algo luminoso cuando se le acerca mucho: sin duda su cabello dorado, que, como dice Messer Luigi Pulci del de su Meridiana, « raggia come stella per sereno ». ¡Ah! aquí vienen algunos clientes míos, y no me extrañaría que uno de ellos pudiera servirle para lo de ese anillo.