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LVI. La otra esposa

Había absorbido profundamente el espíritu de aquella enseñanza con la que Savonarola la había instado a regresar a su puesto. Sentía que la santidad atribuida a todas las relaciones estrechas, y, por tanto, de manera preeminente a la más estrecha de todas, no era sino la expresión en la ley externa de aquel resultado hacia el cual toda bondad y nobleza humanas deben tender espontáneamente; que el abandono a la ligera de los lazos, ya fueran heredados o voluntarios, por haber dejado de ser placenteros, constituía el desarraigo de la virtud social y personal. ¿Qué otra cosa había sido el crimen de Tito contra Baldassarre sino ese abandono llevado hasta el más espantoso extremo de falsedad e ingratitud?

Y la conciencia inspiradora que la influencia de Savonarola le había infundido, de que su destino estaba vitalmente unido al destino general, había exaltado hasta los más mínimos detalles de la obligación al rango de religión. Marchaba con un gran ejército; sentía la tensión de una vida común. Si se necesitaban víctimas, y no se sabía con certeza sobre quién podría recaer la suerte, ella estaría lista para responder a su nombre. Había resistido mucho; se habí­a esforzado al máximo por cumplir el compromiso, pero habí­a visto cómo todas las condiciones que hací­an posible ese cumplimiento la abandonaban gradualmente. El único efecto de su vínculo matrimonial parecía ser el predominio sofocante sobre ella de una naturaleza que despreciaba. Todos sus esfuerzos por lograr la unión no habí­an hecho más que volver la imposibilidad de esta más palpable, y la relación se habí­a convertido para ella simplemente en una servidumbre degradante. La ley era sagrada. Sí, pero la rebelión podía serlo también. Le vino de repente a la mente que el problema ante ella era esencialmente el mismo que había tenido ante sí Savonarola: el problema de dónde terminaba lo sagrado de la obediencia y dónde empezaba lo sagrado de la rebelión.

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