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LXXI

dijera o ratificara de aquellas palabras de autoacusación—, esa angustia parecía apretar su propio corazón e impelía las lentas y amargas lágrimas. Cada persona vulgar e ignorante de sí misma en Florencia opinaba con ligereza sobre los deméritos de este hombre, mientras él conocía una profundidad de dolor que solo puede ser conocida por el alma que ha amado y buscado lo más perfecto, y se contempla a sí misma caída.

Ella no había visto entonces⁠—lo que vería después⁠—la prueba del estado mental del fraile tras verse obligado de aquel modo a poner su boca en el polvo. A medida que pasaban los días, cesaron las noticias sobre nuevos interrogatorios inéditos que no arrancaban ninguna modificación en las confesiones; Savonarola fue dejado a solas en su prisión y se le permitió tener pluma y tinta por un tiempo para que, si lo deseaba, pudiera usar su pobre brazo derecho, magullado y entumecido, para escribir. Escribió; pero lo que escribió no fue una vindicación de su inocencia, ni una protesta contra los procedimientos empleados en su contra: fue un coloquio continuado con aquella pureza divina con la que buscaba la unión completa; fue el derroche de un profundo abajamiento; fue un largo grito en pro de la renovación interior. No quedaban ecos persistentes de la antigua y vehemente autoafirmación: «¡Mirad mi obra, porque es buena, y aquellos que se le oponen son los hijos del diablo!». La voz de la Tristeza le dice: «Dios te puso en medio del pueblo como si hubieras sido uno de los excelentes. De este modo has enseñado a los otros, y no has logrado aprender tú mismo. Has curado a los demás: y tú mismo has seguido enfermo. Tu corazón se enalteció ante la hermosura de tus propias obras, y por ello has perdido tu sabiduría y te has convertido, y serás por toda la eternidad, en nada… Tras tantos beneficios

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