que si hubiera besado una máscara. Estaba demasiado agitada por la sensación de la distancia entre sus mentes como para ser consciente de que sus labios la tocaban.
—Tito, no es porque suponga que Florencia es el sitio más agradable del mundo por lo que deseo no marcharme. Es porque yo... porque tenemos que ver cumplido el deseo de mi padre. Mi padrino es anciano; tiene setenta y uno años; no podíamos dejárselo a él.
“Son precisamente esas supersticiones que flotan en tu mente como nubes oscurecedoras, mi Romola, las que constituyen una gran razón por la que desearía que estuviéramos a doscientas leguas de Florencia. Me veo obligado a cuidar de ti en contra de tu propia voluntad; si esos queridos ojos, que miran con tanta ternura, ven falsamente, debo ver por ellos y salvar a mi esposa de malgastar su vida frustrándose con sueños impracticables”.
Romola se quedó sentada, silenciosa e inmóvil: no podía cerrar los ojos a la dirección que señalaban las palabras de Tito; él quería persuadirla de que podían hacer depositar la biblioteca en algún monasterio, o tomar algún otro medio rápido para librarse de una tarea y de un lazo con Florencia; y ella estaba decidida a no someter jamás su mente al juicio de él en esta cuestión de deber hacia su padre; estaba interiormente preparada para afrontar cualquier clase de sufrimiento al oponer resistencia. Pero esa determinación se mantuvo latente en estos primeros momentos debido a la sensación, capaz de destrozar el corazón, de que al fin ella y Tito debían estar abiertamente divididos en sus deseos. A él le alegró el silencio de ella; pues, por mucho que hubiera temido la fuerza del sentimiento de ella, le era imposible —encerrado en la estrechez de miras que acota a todos los hombres meramente inteligentes y sin pasión— no sobrestimar la capacidad de persuasión de sus propios