Por entonces no se comprendía que hubiese reparado agravio alguno, y los florentinos claramente no tenían nada que agradecerle. Ocupaba sus fuertes fortalezas fronterizas, que Piero de’ Medici le había entregado sin asegurar a cambio ninguna condición honorable; no había hecho nada para sofocar la alarmante revuelta de Pisa, que se había visto envalentonada por su presencia para sacudirse el yugo florentino; y los «oradores», aun con un profeta a la cabeza, no lograban arrancarle otra garantía que la de que arreglaría todo una vez que estuviera dentro de los muros de Florencia. Aun así, quedaba la satisfacción de saber que el exasperante Piero de’ Medici había sido literalmente a piedra y lodo expulsado por la ignominiosa rendición de las fortalezas, y en ese acto de energía el espíritu de la República había recuperado algo de su antiguo fuego.
Los preparativos para el huésped equívoco no eran enteramente los de una ciudad resignada a la sumisión. Detrás de los vistosos reposteros y las banderas simbólicas de alegría, había preparativos de otra índole hechos de común acuerdo por el gobierno y el pueblo. Bien ocultos entre los muros había soldados mercenarios de la República, convocados a toda prisa de los distritos circundantes; había viejas armas debidamente acicaladas, y herramientas afiladas y pesadas estacas dispuestas cuidadosamente al alcance de la mano, listas para ser empuñadas con poca antelación; había excelentes tablones y estacas para formar barricadas en caso necesario, y un buen suministro de piedras para armar una granizada sorpresiva desde las ventanas superiores. Por encima de todo, había gente muy predispuesta a dar batalla a cualquier personaje de quien se pudiera sospechar que tuviera intenciones de tiranizarlos, habiendo saboreado estos últimos ese nuevo placer con mucho deleite. Este ánimo no disminuía al ver grupos