He aquí una gran oportunidad para Poliziano. No era consciente, escribió, de que cuando le pusieron los versos de Scala delante hubiera cuestión alguna de esturión, sino más bien de ranas y gubios; despachó rápidamente la defensa que Scala hacía de su propio latín y lo masacró terriblemente a cuenta de las estúpidas críticas que se había atrevido a hacer sobre el epigrama griego que amablemente se le había enviado como modelo. ¡Miserables cavilaciones, en verdad! Pues en cuanto al húmedo origen del mosquito, estaba la autoridad del mismo Virgilio, quien lo había llamado «alumno de las aguas»; y en cuanto a lo que su querido y torpe amigo tenía que decir sobre el pez, el águila y lo demás, era «nihil ad rem»; porque el que el águila pudiera volar más alto no se seguía en absoluto que el mosquito no pudiera volar en modo alguno, etcétera, etcétera. Le daba vergüenza, sin embargo, detenerse en tales trivialidades y agrandar así un mosquito hasta convertirlo en elefante; pero,
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VII. Una disputa erudita
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