sorprendentemente macizas coronaban la pequeña frente abombada y caían en ricos bucles trenzados sobre las orejas, mientras que un tinte carmín igualmente sorprendente en la región superior de las mejillas abultadas contrastaba con la cetrinas circundantes.
Tres hileras de perlas y un collar inferior de oro descansaban sobre el cojín horizontal de su cuello; el borde bordado de su vestido de terciopelo negro con cola y sus largas mangas colgantes de damasco color rosa estaban ligeramente descoloridos, pero transmitían al ojo iniciado la satisfactoria seguridad de que eran el espléndido resultado de seis meses de labor de un hábil artesano; y la falda de color rosa, con su deslucido flequillo blanco y sus arabescos de aljófar, se exhibía debidamente con el fin de sugerir una agradable reflexión similar.
Un hermoso rosario de coral colgaba de un lado de un cinturón conjetural, que cobraba certeza con un gran broche de plata damasquinada; y, del otro lado, donde el cinturón volvía a ser conjetural, pendía una scarsella, o bolsa grande de terciopelo carmesí, bordada con perlas. Su mano derecha, regordeta y pequeña, que parecía hecha de masa y se hubiera deformado al cocerse a medias, sostenía un pequeño devocionario, también espléndido de terciopelo, perlas y plata.
La figura ya le era a Tito demasiado familiar como para sobresaltarle, pues Monna Brigida era una visitante frecuente en casa de Bardo, ya que estaba exceptuada de la sentencia de destierro impuesta a la trivialidad femenina por motivo de su parentesco con la difunta esposa de este y su temprano cuidado de Romola, quien ahora se volvió hacia ella con una afectuosa sonrisa y se levantó para acercar el asiento de cuero a una distancia prudente de la silla de su padre, a fin de que la inminente riada de charla no le resultara demasiado molesta al oído.
—¿La cugina? —preguntó Bardo, interrogativo, al percibir los pasos cortos y el vuelo de los ropajes.