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XXVII. La Joven Esposa

poco más que un trabajo que soportaba por amor a él; y la facultad ligera y brillante de Tito no tenía para ella más atracción que la fundida en las simpatías más profundas propias del amor juvenil y de la confianza. Romola no había tenido contacto con ninguna mente que pudiera agitar las mayores posibilidades de su naturaleza; estas yacían plegadas y aplastadas como alas embrionarias, sin formar ningún elemento en su conciencia más allá de una ocasional y vaga inquietud.

Pero este nuevo interés personal suyo por los asuntos públicos le había hecho importarle por fin comprender con exactitud qué influencia cabía esperar que tuviera la predicación de fray Girolamo en el curso de los acontecimientos. Se hablaba de cambios en la forma del Estado, y todo lo que lograba averiguar a través de Tito, cuyos deberes de secretario y talentos serviciales lo llevaban al corazón de los negocios públicos, no hacía sino avivar su anhelo de llenar su día solitario yendo a escuchar por sí misma qué era lo que por entonces traía a toda Florencia de cabeza. Aquella mañana, por primera vez, había ido a escuchar uno de los sermones de Adviento en el Duomo. Cuando Tito la había dejado, había tomado una resolución repentina y, tras visitar el lugar donde su padre estaba enterrado en Santa Croce, había continuado a pie hasta el Duomo. El recuerdo de aquella última escena con Dino seguía vivo en su interior cada vez que lo evocaba, pero había quedado relegado tras la experiencia y las zozobras de su vida conyugal. Las nuevas sensibilidades e interrogantes que este había medio despertado en ella se habían calmado de nuevo con esa sumisión a la mente de su esposo que experimenta toda mujer que ama a su marido con apasionada devoción y absoluta confianza. Recordaba el efecto que la voz y la presencia de fray Girolamo habían tenido en ella como fundamento para esperar que su sermón pudiera conmoverla a pesar de ser un fraile de entendederas estrechas. Pero el sermón no hizo más que profundizar levemente su impresión previa de que aquel fanático predicador de tribulaciones era, al fin y al cabo, un hombre hacia el cual le sería posible sentir afecto y reverencia personales. Las denuncias y exhortaciones simplemente captaron su

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