San Lorenzo. ¿Quizá nunca se lo conté, Messer Tito? —se me hiela la sangre solo de pensarlo. ¡Cómo nos reprendió a las pobres mujeres!, y a los hombres también, a decir verdad, pero eso no me importó tanto. Nos llamó vacas, montones de carne, rameras y cizañeras, y eso aún pude soportarlo, pues había muchas otras más carnosas y maliciosas que yo, aunque de vez en cuando su voz hacía temblar el banco mismo bajo mis espaldas como una trompeta; pero luego llegó a lo del cabello postizo, y, ¡oh, misericordia!, pintó una estampa —la veo ahora mismo— de una joven yaciendo como un cadáver pálido, y a nosotras, las viudas frívolas —por supuesto que se refería a mí tanto como a las demás, pues llevaba mis trenzas postizas, que si una se está poniendo vieja, no quiere verse tan fea como la Befana—, a nosotras, las viudas, corriendo hacia el cadáver, como buitres pelados que éramos, y cortándole sus jóvenes cabellos muertos para adornar nuestras viejas cabezas. ¡Ay, los sueños que tuve después de aquello! Y luego lloró, y nos retorció las manos a gritos, y yo lloré también.
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XII. El premio está casi al alcance de la mano
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