Aquí está el famoso doctor. Vaya, ¿qué le pasa al dulce bimbo?
Esta pregunta fue dirigida a una contadina de aspecto recio y hombros anchos, con el tocado de la cabeza envuelto alrededor del rostro de modo que apenas se le veía más que una nariz bronceada y un par de ojos y cejas oscuros. Llevaba a su hijo embutido en el estuche rígido en forma de momia con el que los bebés italianos han sido introducidos en sociedad desde tiempos inmemoriales, volviéndole un poco la carita hacia su pecho y haciendo aquellas muecas dolorosas que las mujeres suelen emplear a modo de poleas para arrancar lágrimas remolonas.
—¡Ay, por el amor de la Santísima Virgen! —dijo la mujer con voz plañidera—; ¿quiere mirar a mi pobre bimbo? Ya sé que no puedo pagarle, pero lo llevé a la Nunziata anoche y se ha puesto de un color peor que antes; son las convulsiones. Pero cuando lo sostenía ante la Santísima Nunziata, me acordé de que decían que había venido un nuevo médico que lo curaba todo; y entonces pensé que podría ser voluntad de la Santa Virgen que se lo trajera.