cuando puede conseguirse por la módica suma de un quattrino blanco, el matrimonio más barato jamás ofrecido, y disuelto de antemano por bula especial a voluntad y capricho de cada cual. ¡He aquí la bula!». Aquí el orador alzó un trozo de pergamino con enormes sellos pendientes. «¡He aquí la indulgencia concedida por su Santidad Alejandro sexto, quien, recién elegido Papa por su peculiar piedad, se propone reformar y purificar la Iglesia, y sabiamente comienza por abolir aquel abuso sacerdotal que reserva una porción demasiado grande de este matrimonio privilegiado para el clero y escatima la de los laicos! ¡Escupid una vez, hijos míos, y pagad un quattrino blanco! Este es el precio único y exclusivo de la indulgencia. El quattrino es la única diferencia que el Santo Padre permite que haya ya entre nosotros y el clero, el cual escupe y no paga nada».
Tito creyó reconocer la voz, que tenía un matiz singularmente agudo, pero el rostro estaba demasiado en sombra debido a las luces de atrás como para estar seguro de las facciones. Acercándose todo lo pudo, vio dentro del círculo situado a espaldas del orador una mesa a modo de altar, levantada sobre una pequeña plataforma y cubierta con un paño rojo bordado por todas partes con figuras cabalísticas amarillas. Media docena de velas delgadas ardían en la parte posterior de esta mesa, sobre la cual había esparcido un aparato de prestidigitación, un gran libro abierto en el centro y, en uno de los ángulos delanteros, un mono sujeto por una cuerda a un pequeño anillo que sostenía una velita la cual, debido a sus incesantes movimientos inquietos, se inclinaba más o menos, mientras un muchacho travieso con sobrepelliz blanca se ocupaba principalmente de abofetear al mono y enderezar la vela. El hombre de la mitra también vestía sobrepelliz, y por encima una casulla en la que los signos del zodiaco estaban toscamente marcados en negro sobre fondo amarillo. Tito estaba seguro ahora de reconocer los agudos ángulos ascendentes del rostro bajo la mitra: era el de Maestro Vaiano, el charlatán, de quien había rescatado a Tessa. ¡La hermosa pequeña Tessa! Tal vez ella también había venido entre las tropas de contadine.