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XLV. At the Barber’s Shop

En la barbería

Tras aquella oportuna aparición como el mensajero de la rama de olivo, que había sido un favor no prometido de la fortuna, Tito tenía otros encargos que cumplir de un carácter más premeditado.

Se detuvo en el Palazzo Vecchio y aguardó allí el regreso de los Diez, encargados de los asuntos exteriores y de la guerra, para poder entregarles debidamente los resultados de su misión secreta a Pisa, concebida como preliminar de una embajada oficial que estaría encabezada por Bernardo Rucellai, con el propósito de llegar, si era posible, a un entendimiento pacífico con el emperador Maximiliano y la Liga.

Las dotes de Tito para la labor diplomática habían quedado bien comprobadas, y como expuso con amplitud y precisión los resultados de sus pesquisas y entrevistas, Bernardo del Nero, que por entonces era uno de los Diez, no pudo reprimir su admiración.

La habría reprimido de haber podido; pues su antipatía inicial hacia Tito había regresado, haciéndose más fuerte desde la venta de la biblioteca. Romola nunca le había dirigido a su padrino una sola palabra sobre las circunstancias de la venta, y Bernardo había interpretado el silencio de ella como una prohibición para abordar el tema, pero estaba seguro de que el quebrantamiento del deseo de su padre había sido un dolor devastador para ella, y los ojos perspicaces del anciano advertían otros indicios de que su vida conyugal no era feliz.

«Ah», se dijo para sus adentros, «esa es sin duda la razón por la que le ha dado por escuchar a fray Girolamo y por andar entre los Piagnoni, algo

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