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XXXIX. Una cena en los jardines Rucellai

repasando de nuevo el resumen de las pruebas que aportaría para demostrar su identidad y la bajeza de Tito, recordando la descripción y la historia de sus gemas, y asegurándose mediante rápidos vistazos mentales de que podía dar fe de su saber y de sus viajes. Podría deberse en parte a esta tensión nerviosa que el nuevo golpe de ira que sintió al caer la mentira de Tito en sus oídos provocara un extraño efecto físico: un chorro helado pareció precipitarse sobre él, y las últimas palabras del discurso parecieron quedar ahogadas por campanadas resonantes. El pensamiento dio paso a un horror vertiginoso, como si la tierra se desvaneciera bajo sus pies. Todos en la sala lo miraban mientras Tito terminaba, y veían que los ojos que habían tenido una intensidad tan feroz hacía apenas unos minutos mostraban ahora un miedo impreciso. Aferró el respaldo de un asiento y guardó silencio.

Difícilmente podría haberse encontrado una prueba más favorable a la afirmación de Tito.

—Seguro que he visto a este hombre antes, en alguna parte —dijo Tornabuoni.

—Sin

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