noviembre, reputado aniversario de la muerte de Platón, había contemplado desde debajo de unas hojas de laurel a una selecta compañía de eruditos y filósofos, que se reunían para comer y beber con moderación, y para debatir y admirar, quizá con menor moderación, las doctrinas del gran maestro:—a Pico della Mirandola, en otro tiempo un genio juvenil y quijotesco de largos rizos, asombrado de sus propias facultades y asombrando a Roma con tesis heterodoxas; más tarde un estudiante más humilde con una pasión devoradora por la perfección interior, habiendo llegado a encontrar el universo más asombroso que su propia inteligencia:—al inocente y laborioso Marsilio Ficino, elegido de joven para ser criado como filósofo platónico, y alimentado de platonismo en todas sus etapas hasta que su mente quedó quizá un poco blanda por aquella dieta demasiado exclusiva:—a Angelo Poliziano, el mayor genio literario de aquella época, un poeta nato y un erudito sin pesadez, cuyas frases tenían sangre en las venas y aún siguen vivas:—o, más atrás, a Leon Battista Alberti, un venerable anciano cuando aquellos tres eran
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XXXIX. Una cena en los jardines Rucellai
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