preparado para ver este rostro surgir continuamente como la mancha intermitente que aparece en la visión enfermiza. Pero esta reaparición de Baldassarre, mucho más parecido a su verdadero ser, intensificó la presión del terror: la idea de su locura perdía probabilidad ahora que iba afeitado y vestido como un ciudadano respetable, aunque pobre. Cierto que había un gran cambio en su rostro; pero ¿cómo iba a ser de otro modo? Y, sin embargo, si estuviera perfectamente cuerdo—en posesión de todas sus facultades y de toda su ciencia—, ¿por qué se demoraba de ese modo antes de dar a conocer su identidad? Tenía que ser con el fin de hacer más completo su plan de venganza. Pero se demoraba: al menos eso le daba una oportunidad para la huida. Y Tito comenzó a pensar que la huida era su único recurso.
Pero mientras él, con la espalda vuelta hacia la Piazza del Duomo, había perdido el recuerdo del nuevo papel que había estado representando, y ya no pensaba en las muchas cosas que una mente y una lengua listas hacían fáciles, sino en unas pocas cosas que el destino de algún modo había vuelto muy difíciles, el entusiasmo al que había alimentado con desdén estaba creando en aquella plaza una escena en gran contraste con el drama interior de miedo egocéntrico que se había llevado de allí.
La muchedumbre, ante la desaparición de Tito, había empezado a volver el rostro hacia las salidas de la plaza en dirección a la Via Larga, cuando la aparición de unos mazzieri, o maceros, que entraban por la Via de’ Martelli, anunció la llegada de los dignatarios. Debían de ser los síndicos, o los comisarios encargados de llevar a cabo el tratado; el tratado ya tenía que estar firmado y se habían retirado de la presencia real. Venía Piero Capponi: el valiente corazón que había sabido hablar por Florencia. El efecto en la multitud fue notable; se abrieron paso con voces amortiguadas y apagadas, disolviéndose en un silencio tal que las pisadas de los síndicos sobre el ancho pavimento y el crujir de sus ropas de seda negra se hacían oír como la lluvia en la noche. Eran cuatro; pero no eran los dos cultos doctores en leyes, Messer Guidantonio Vespucci y Messer Domenico