que se sentía incapaz de romper: en los primeros momentos posteriores al matrimonio simulado le había impulsado a dejarla bajo una ilusión un cálculo preciso de su propia necesidad eventual, pero desde aquel momento crítico le había parecido que la red seguía tejiéndose a sí misma a pesar de él, como una excrecencia sobre la cual no tuviera poder. Los elementos de bondad y autocomplacencia son difíciles de distinguir en una naturaleza blanda como la de Tito; y el fastidio que había sentido ante la persecución de Tessa el día de su esponsales, la firme intención de revelarle la verdad con la que había salido a cumplir su promesa de verla de nuevo, constituían para él un argumento suficientemente sólido de que, al fin y al dejar a Tessa bajo su ilusión y procurarle un hogar, se había visto vencido por su propia bondad. Y en aquellos días de su primera devoción a Romola necesitaba un argumento que se justificara a sí mismo. Había aprendido a alegrarse de que ella estuviera engañada respecto a ciertas cosas. Pero todo sentimiento fuerte se crea su propia conciencia, tiene su propia piedad; al igual que el sentimiento del hijo hacia la madre, que a veces sobrevive en medio de los peores miasmas de la depravación; y Tito todavía no podía sentirse tranquilo al cometer una ofensa secreta contra su amor conyugal.
Pero él era tanto más cuidadoso en tomar precauciones para preservar el secreto de la ofensa. Monna Lisa, quien, como muchas de su clase, nunca salía de su morada sino para ir a una o dos tiendas determinadas y a confesarse una vez al año, no sabía nada de su verdadero nombre ni de su paradero: solo sabía que él le pagaba de modo que la hacía vivir con mucha comodidad, y se preocupaba poco por lo demás, salvo que había tomado cariño a Tessa y hallaba placer en los cuidados por los que se le pagaba. Había algún misterio detrás, claramente, ya que Tessa era una contadina y Messer Naldo era un signor; pero, por lo que Monna Lisa sabía, él bien podía ser un esposo de verdad. Pues Tito había asustado a fondo a Tessa para que guardara silencio sobre las circunstancias de su matrimonio, diciéndole que si rompía ese silencio jamás volvería a verlo; y la sordera de Monna Lisa, que hacía imposible decirle nada sin cierta premeditación,