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LXII

«Señor, si no he obrado con sinceridad de alma, si mi palabra no proviene de Ti, abáteme en este instante con tu trueno, y que los fuegos de tu ira me envuelvan».

Dejó de hablar y quedóse inmóvil, con el sagrado Misterio en la mano, los ojos alzados y una vibrante emoción en todo su aspecto. Todos los demás permanecían igualmente inmóviles y silenciosos, mientras la luz del sol, que durante el último cuarto de hora había estado atravesando aquí y allá la penumbra, trazaba listas caprichosas en el muro del convento, haciendo que algunos espectadores sobrecogidos se estremecieran tímidamente.

Pero pronto hubo un claro mayor y, con suave rapidez, como una sonrisa, un chorro de claridad se derramó sobre el vaso de cristal y luego se extendió por el rostro de Savonarola con una suave glorificación.

Un grito espontáneo resonó en la Piazza: «¡He aquí la respuesta!»

El cálido resplandor recorrió el cuerpo de Savonarola, al igual que el grito. Fue su último momento de triunfo apacible, y en su arrobada confianza se sintió transportado a una escena aún más grandiosa por venir, ante un auditorio que representaría a toda la cristiandad, en cuya presencia sería sellado de nuevo como el mensajero de la justicia suprema y se sentiría repleto de fuerza divina.

No fue sino un instante que se dilató en aquella visión anticipada. Mientras el grito aún resonaba en sus oídos, se apartó hacia el interior de la iglesia, sintiendo que la tensión era demasiado grande para soportarla por más tiempo.

Pero cuando el Frate hubo desaparecido, y la luz del sol pareció no tener ya nada de especial en su iluminación, sino que se extendía imparcialmente sobre todas las cosas limpias e inmundas, comenzó, junto con el movimiento general de la multitud, una confusión de voces en las

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