Romola en su lugar
Era el treinta de octubre de 1496. El cielo de aquella mañana estaba bastante despejado y soplaba una agradable brisa otoñal. Pero en aquel momento los florentinos pensaban muy poco en las brisas terrestres: pensaban en los vendavales del mar, que parecían unirse a todas las demás fuerzas para desmentir la afirmación del Frate de que el Cielo cuidaba especialmente de Florencia.
Pues aquellas terribles borrascas habían alejado de las costas de Livorno a ciertos barcos de Marsella, cargados de soldados y de grano; y Florencia se hallaba en la más extrema necesidad, primeramente de alimento, y secundariamente de hombres de combate.
La Pálida Hambre reinaba en sus calles, y su territorio se encontraba amenazado en todas sus fronteras.
Porque el rey de Francia, aquel nuevo Carlomagno, que había entrado en Italia en un triunfo anticipado y había conquistado Nápoles sin la menor dificultad, se había marchado de nuevo quince meses atrás, y se temía incluso que, en su dolor por la pérdida de un hijo recién nacido, estuviera perdiendo la lánguida intención de volver para reparar agravios y poner la Iglesia en orden. Se había formado una liga contra él —una Liga Santa, con el papa Borgia a la cabeza— para «expulsar a los bárbaros», que todavía guarnecerían la fortaleza de Nápoles. Eso sonaba patriótico; pero, mirándolo más de cerca, la Liga Santa se parecía mucho a un acuerdo entre ciertos lobos para ahuyentar a todos