inconvenientes para los altos personajes, el fraude habría sido considerado un excelente aceite para los engranajes eclesiásticos y políticos.
No obstante, hombres tan sagaces se veían obligados a admitir que, por muy pobre que fuera la figura que hacía el gobierno florentino en su torpe simulación de una orden judicial para lo que en realidad había sido predeterminado como un acto político, las medidas del Papa contra Savonarola eran necesarias medidas de autodefensa.
No intentar librarse de un hombre que quería incitar a las potencias de Europa a convocar un concilio general y deponerlo, habría sido añadir la ineptitud a la iniquidad.
No se podía negar que ante Alejandro VI Savonarola era un rebelde y, lo que era mucho más, un rebelde peligroso. Florencia le había oído decir, y había comprendido bien a qué se refería, que no obedecería al diablo. Era inevitable una lucha a vida o muerte entre el frate y el Papa; pero era menos inevitable que Florencia se convirtiera en el verdugo del Papa.
Los oídos de Romola estaban llenos de este modo de las sugerencias de una fe todavía ardiente bajo sus heridas, y de las sugerencias de la prudencia mundana, que juzga las cosas según un criterio muy moderado de lo que es posible para la naturaleza humana. No podía sentirse satisfecha con ninguna de las dos. Aportaba a sus largas meditaciones sobre aquel documento impreso muchas observaciones dolorosas, registradas más o menos conscientemente a lo largo de los años de su discipulado, que le susurraban el presentimiento de que la retractación de las pretensiones proféticas de Savonarola no era meramente un esfuerzo espasmódico para huir de la tortura. Pero, por otra parte, su alma clamaba por alguna explicación de sus debilidades que hiciera todavía posible para ella creer que el empeño