deducción, era capaz de conjeturar su contenido hasta el punto de creer que se referían a una cita fuera de las murallas, en cuyo caso instaba a que el Frate solicitara una guardia armada a la Señoría, y ofrecía sus servicios para transmitir la solicitud con la máxima discreción. Savonarola había respondido brevemente que eso era imposible: una guardia armada era incompatible con la discreción. Habló con una mirada centelleante, y Tito quedó convencido de que estaba dispuesto a correr el riesgo.
A Tito mismo no le importaba mucho el resultado. Dirigía sus asuntos con tanta habilidad que consideraba que todos los resultados debían volverse en su beneficio. Fuera cual fuese el bando que llegara a la cima, tenía asegurado el favor y el dinero.
Esa es una afirmación indecorosamente desnuda; el hecho, revestido como Tito habitualmente lo revestía, era que su aguda mente, al discernir la igual vacuidad de todos los partidos, tomaba el único rumbo racional al ponerlos al servicio de su propio interés.
Si Savonarola caía en la trampa, se trataba de diamantes y de mecenazgo papal; si no, la astuta mediación de Tito había fortalecido su posición ante Savonarola y ante Spini, mientras que cualquier confidencia que obtuviera de ellos lo hacía aún más valioso como agente de los mediceos.
Pero Spini era un colega incómodo. Poseía la suficiente astucia como para deleitarse con las intrigas, pero no la habilidad ni el autocontrol necesarios para lograr un efecto tan complejo como el secreto. Frecuentemente se excitaba con la bebida, pues incluso la sobria Florencia tenía sus Beoni, o borrachos, tanto laicos como clérigos, que armaban alboroto en las tabernas y banquetes privados; y a pesar del acuerdo entre él y Tito de que su reconocimiento mutuo en público fuera invariablemente de lo más frío, siempre existía la posibilidad de que,