un trozo estrecho de trapo rojo atado sobre sus orejas parecía contribuir a la compresión. Romola lo miró con cierta vacilación.
—No desconfíes de mí, madonna —dijo Cecco, que entendió perfectamente la mirada de ella—; no soy tan bonito como tú, pero tengo una vieja madre que se come mis gachas por mí. ¡Vaya! Tengo un corazón en el pecho y ya he comprado más de una vela para la Santísima Virgen. Además, mira allí, el viejo se está comiendo sus sopas. Está bastante sano: dentro de poco estará en pie tan bien como el mejor de nosotros.
—Gracias por ofrecerte a cuidarlo, amigo —dijo Romola, bastante arrepentida de su mirada desconfiada—. Por favor, espérame hasta que regrese —añadió, inclinándose hacia Baldassarre.
Él asentó con un leve movimiento de cabeza y de mano, y Romola prosiguió su camino hacia el hospital de San Mateo, en la plaza de San Marcos.