Ah! I know how all else looks in this room, but thy form I only guess at. Thou art no longer the little woman six years old, that faded for me into darkness; thou art tall, and thy arm is but little below mine. Let us walk together.”
El anciano se levantó y Romola, calmada por estos destellos de ternura, volvió a parecer feliz mientras pasaba el brazo de él por el suyo y le ponía en la mano derecha el bastón que reposaba al lado de su sillón. Mientras Bardo había estado sentado, no había parecido tener muchomás de sesenta años: su rostro, aunque pálido, tenía esa textura refinada en la que las arrugas y las líneas nunca son profundas; pero ahora que empezó a caminar parecía tan viejo como era en realidad—algo más de setenta—; pues su alta y enjuta estructura tenía la curva de hombros propia del estudiante, y caminaba con el paso indeciso del ciego.
—No, Romola —dijo, deteniéndose junto al busto de Adriano y pasando su bastón de la mano derecha a la izquierda para poder explorar el contorno familiar con una «mano vidente»—.
No habrá ninguna otra cosa que preserve mi memoria y transmita mi nombre como miembro de la gran república de las letras—nada salvo mi biblioteca y mi colección de antigüedades. Y son selectas —continuó Bardo, presionando el busto y hablando en un tono de insistencia—. Las colecciones de Niccolò sé que eran mayores; pero tómese cualquier colección que sea obra de un solo hombre—la del gran Boccaccio incluso—, la mía la superará. La de Poggio era despreciable comparada con la mía. Será un gran regalo para los eruditos venideros.
Y no hay nada más. Pues aun si cediera al deseo de Aldo Manuzio cuando establezca su imprenta en Venecia, y le brindara la ayuda de mis manuscritos anotados, sé bien cuál sería el resultado: el nombre de algún