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XXXVI. Ariadna se despoja de la corona

Y ahora sentía una punzante vergüenza por las palabras de ignominia que había lanzado contra Tito: «¿Has robado a otra persona que no esté muerta?». Haber arrancado tales palabras de su interior, habérselas profirió a su esposo le parecía una degradación de toda su vida. Las palabras duras entre quienes se han amado son horribles en el recuerdo, como la visión de la grandeza y la belleza sumidas en el vicio y en los harapos.

Aquella comparación desgarradora del presente con el pasado se impuso a Romola hasta transformarse en sensaciones de miseria: parecía insensible a todo salvo a sus propios latidos internos, y comenzó a sentir la necesidad de algún contacto áspero.

Se apretó las manos con fuerza a lo largo del cordón áspero y nudoso que pendía de su cintura.

Se puso en pie de un salto y asió la tosca tapa del arca: ¿no había nada más que meter dentro? No. Cerró la tapa, presionando su mano sobre la talla rugosa, y la cerró con llave.

Entonces recordó que aún le faltaba completar su equipo de pinzochera. La gran bolsa de cuero o scarsella, con algunas monedas dentro, tenía que ir colgada del cordón de su cintura (sus florines y pequeñas joyas, regalos de su padrino y de su prima Brígida, estaban bien guardados dentro de su manto de sayal)⁠, y del otro lado debía colgar el rosario.

A Romola no se le ocurrió, al colgarse aquel rosario del costado, que tal vez se necesitaría algo más que el simple hábito para lograr pasar por una Pinzochera, y que su porte y expresión general se parecían lo menos posible a los de una hermana cuyos párpados solían estar bajados y cuyos labios acostumbraban moverse en silenciosa letanía. Su inexperiencia le impedía imaginar detalles lejanos, y ayudaba a su orgulloso valor a disipar cualquier presentimiento de peligro e injuria. No

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