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XXI. Florencia espera una visita

¡Un visitante sin igual! Porque había cruzado los pasos de los Alpes con un ejército como Italia no había visto antes:

  • con miles de terribles suizos, acostumbrados a luchar tanto por amor y odio como por soldada;
  • con una hueste de caballeros galantes orgullosos de un nombre;
  • con una infantería sin precedentes, en la que de cada centenar de hombres todos llevaban arcabuz;
  • es más, con cañones de bronce, que disparaban no piedras sino balas de hierro, tirados no por bueyes sino por caballos, y capaces de disparar por segunda vez antes de que una ciudad pudiera reparar la brecha hecha por la primera bala.

Algunos comparaban al recién llegado con Carlomagno, reputado constructor de Florencia, bienvenido vencedor de reyes degenerados, regulador y benefactor de la Iglesia; otros preferían la comparación con Ciro, libertador del pueblo elegido, restaurador del Templo.

Pues había cruzado los Alpes con los proyectos más gloriosos:

  • debía marchar por Italia en medio de los júbilos de un pueblo agradecido y admirador;
  • debía satisfacer todas las quejas contradictorias en Roma;
  • debía tomar posesión, en virtud del derecho hereditario y de un poco de lucha, del reino de Nápoles;
  • y desde ese cómodo punto de partida debía emprender la conquista de los turcos, que debían ser en parte masacrados y en parte convertidos a la fe de Cristo.

Era un plan que parecía convenir al Rey Cristianísimo, cabeza de una nación que, gracias a las mañas de un astuto Luis Undécimo —quien había muerto diez años antes con gran pánico respecto a sus perspectivas personales—, se había convertido en la más poderosa de las monarquías cristianas; y este antítipo de Ciro y Carlomagno no era otro que el hijo de aquel astuto Luis: el joven Carlos VIII de Francia.

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