llevando cirios torcidos, con capucha y sin ella, como para durarme el resto de la vida.
—Ahí viene, pues, Piero, el carro de la Zecca —gritó Nello, tras un intervalo durante el cual torres y antorchas en una escala decreciente de tamaño habían estado realizando su lento tránsito.
—¡Fediddio! —exclamó Francesco Cei—, ¡ese es un San Giovanni bien curtido! Apuesto a que es algún mendigo romañolo de los robustos. Nuestra Señoría hace de anfitriona de toda la escoria judía y cristiana a la que cualquier otra ciudad le cierra las puertas, y los deja cebarse a nuestra costa como a los cerdos de San Antonio.
El carro de la Zecca o Ceca, que acababa de aparecer a la vista, era originalmente una inmensa torre de madera o cero adornada al mismo estilo que los demás ceri tributarios, montada sobre un carro espléndido y tirada por dos bueyes de color ratón, cuyas mansas cabezas asomaban por entre ricos arneses que llevaban las armas de la Zecca.