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XXII. The Prisoners

un joven carnicero con el cuchillo al cinto—; y tengo para mí que tardará bastante Piero en querer volver, pues parecía tan asustado como un pollo acorralado cuando lo empujamos y le lanzamos piedras en la plaza. Es un cobarde, si no, habría presentado mejor batalla cuando reunió a sus jinetes. Pero no nos tragaremos más a ningún Médici, por mucho que el rey de Francia quiera hacernos tragar otra cosa.

—Pero a mí no me gustan esos cañones franceses de los que hablan —dijo Goro, que no estaba menos gordo por dos años más de agravios—. ¡Que San Giovanni nos defienda! Si el señor Dios nos quiere tanto como dice vuestro fraile, Ser Cioni, ¿por qué no habrá enviado a los franceses a Nápoles por otro camino?

—Ay, Goro —dijo el tintorero—; esa es una pregunta digna de hacerse. No eres tan calabaza como creía. ¡Vaya!, podrían haber ido a Nápoles pasando por Bolonia, ¿eh, ser Cioni?, o si hubiesen ido a Arezzo... no nos habría importado que fuesen a Arezzo.

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