Para el viejo florentino era imposible desdeñar la recomendación de gozar de una buena posición ante las mejores familias florentinas, y dado que Tito empezó a ser plenamente aceptado en aquel círculo cuyas opiniones eran la norma indiscutible del valor social, parecía irracional no admitir que ya no quedaba ningún obstáculo para la satisfacción ante la perspectiva de semejante yerno para Bardo, y semejante esposo para Romola.
Era innegable que la llegada de Tito había sido el amanecer de una nueva vida tanto para el padre como para la hija, y la primera promesa incluso se había visto superada.
El anciano erudito ciego —cuya orgullosa veracidad jamás se prestaría a ese comercio de fingida y prepospuesta admiración que, variado por una correspondiente desmesura en la injuria, constituía la trama de toda relación docta— había caído en el olvido incluso entre sus conciudadanos, y cuando se le aludía de algún modo, ya era habitual decir que, aunque su ceguera y la pérdida de su hijo fuesen desgracias dignas de compasión, resultaba pesado al empeñarse en defender el valor de su propio trabajo; y que su descontento resultaba un tanto incongruente en un hombre que había desdeñado abiertamente los ritos religiosos y que en tiempos pasados había rechazado ofertas que se le hicieron desde diversos frentes, con la leve condición de que tomase los hábitos, sin lo cual no era fácil para los mecenas proveer a todo erudito.
Pero desde que Tito iba a venir, ya no existía la misma monotonía en el pensamiento que el nombre de Bardo sugería; se entendía que el viejo había dejado atrás sus lamentos, y la hermosa hija ya no iba a estar encerrada en un orgullo sin dote, esperando un parentado. Los modales cautivadores