Basta: Tito se despidió tras una apretada invitación para volver. Sus gemas eran interesantes; especialmente la ágata, con el lusus naturae dentro—una semejanza maravillosa de Cupido montado en un león—; y la «piedra de judío», con la serpiente con cabeza de león cincelada en ella; ambas las cuales el secretario acordó comprar—la última como un refuerzo a sus preventivos contra la gota, que le daba dolores tan agudos que resultaba bastante claro cuán intolerable sería si no estuviera bien provisto de anillos de rara virtud, y de un amuleto llevado bien cerca bajo el pecho derecho. Pero a Tito se le aseguró que él mismo era más interesante que sus gemas. Se había ganado el acceso al Palacio Scala por recomendación de Bardo de’ Bardi, quien, desde luego, era un viejo conocido de Scala y un digno erudito, a pesar de sobrevalorarse un poco (una debilidad frecuente en los amigos del secretario); pero tenía que volver en virtud de sus propias y manifiestas dotes.
La entrevista difícilmente podría haber terminado de manera más auspiciosa para Tito, y mientras salía por la Porta Pinti para poder reírse un poco a sus anchas del asunto del culex, sentía que la fortuna difícilmente querría volverle la espalda otra vez por el momento, ya que lo había tomado de la mano de una manera tan decidida.