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Desayuno por amor

roja que enmarcaba su rostro, cuya belleza de aspecto aún más aniñado resultaba de la total ocultación de su cabello. La pobre niña, tal vez, estaba cansada tras su labor en la penumbra matutina preparándose para su caminata al mercado desde algún castello a tres o cuatro millas de distancia, pues parecía haberse quedado dormida en aquella postura medio de pie, medio inclinada. No obstante, nuestro forastero no tuvo ningún escrúpulo en despertarla; pero los medios que eligió fueron tan suaves, que a la doncella le pareció en su sueño como si una pequeña ramita de tomillo hubiera rozado sus labios mientras se inclinaba a recoger las hierbas. El sueño se rompió, sin embargo, pues abrió sus azules ojos infantiles y se sobresaltó con asombro y confusión al ver al joven forastero de pie muy cerca de ella. Le oyó hablarle con una voz que le pareció tan extraña y suave que, incluso de haber estado más serena, habría dado por sentado que él decía algo irremediablemente incomprensible para ella, y su primer movimiento fue apartar un poco la cabeza y levantar la esquina de su manto de sarga verde a modo de biombo. Él repitió sus palabras⁠—

“Perdóname, hermosa, por despertarte. Me muero de hambre, y el olor a leche hace que el desayuno parezca más apetecible que nunca”.

Había elegido las palabras «muoio di fame» porque sabía que le resultarían familiares; y las había pronunciado con picardía, con la entonación de un mendigo.

Esta vez fue comprendido; la esquina del manto cayó y, al cabo de unos instantes, se le tendió una gran taza de leche fragante.

No hizo más cumplidos antes de llevársela a los labios, y mientras bebía, la pequeña doncella encontró el valor para levantar la vista hacia los largos rizos oscuros de aquel forastero de voz singular, que había pedido comida con el tono de un mendigo, pero que, aunque llevaba la ropa muy ajada, no se parecía a ningún mendigo que ella hubiera visto jamás.

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