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I. El náufrago desconocido

Pero en aquella mañana en particular pareció haberse producido un cambio repentino en el aspecto del mercado. Los deschi, o puestos, estaban en verdad medio adornados con sus diversas mercancías, y ya se congregaban compradores, atentos a asegurar las verduras más finas y frescas y la mantequilla más irreprochable. Pero cuando Bratti y su compañero entraron en la plaza, pareció que alguna preocupación común había distraído por un momento la atención tanto de compradores como de vendedores de sus asuntos propios. La mayoría de los comerciantes habían vuelto la espalda a sus mercancías y se habían unido a los corrillos de habladores que se concentraban en distintos puntos de la plaza. Un vendedor de ropa vieja, en el acto de tender un par de calzas largas, las había colgado distraído al cuello en su afán por unirse al grupo más cercano; un charlatán quesero, con un pedazo de queso en una mano y un cuchillo en la otra, marcaba imprudentemente las pausas enfáticas de su discurso sobre aquel excelente ejemplar de marzolino; y ancianas verduleras, con sus cestas de huevos en una posición peligrosamente oblicua, contribuían con una fuga plañidera de invocaciones.

En medio de esta distracción general, los muchachos florentinos, que nunca faltaban en ninguna escena callejera y eran de una ralea especialmente traviesa —como quien dice, verdaderos y agrios membrillos—, vieron una gran oportunidad. Unos se lanzaron sobre las nueces y los higos secos; otros prefirieron las delicias harinosas de los puestos de comida cocida —delicias a las que ciertos perros de cuatro patas, que habían aprendido a mirar con buenos ojos la comida de Cuaresma, aplicaban un olfato perspicaz, para luego desaparecer con gran rapidez bajo el refugio más cercano—, mientras las mulas, no sin ciertas coces y corcovas entre los cestos estorbosos, estiraban el hocico hacia el forraje verde y aromático.

«¡Diavolo!», dijo Bratti, mientras él y su compañero aparecían, sin ser vistos, ante aquella ruidosa escena; «el Mercato se ha vuelto tan loco

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