la mente: la clase de posibilidad que hace que una mujer vigile desde un promontorio el barco que traía algo querido, aunque todos sus vecinos estén seguros de que el barco naufragó hace muchos años. Tras haber salido del hospital del convento, donde los frailes de San Miniato lo habían cuidado mientras estuvo indefenso; tras haber aguardado en vano a la Esposa que debía ayudarlo, y haber empezado a pensar que ella había muerto de la peste que parecía ocupar todo el espacio desde la noche en que se separó de ella, le había sido imposible concebir de qué manera la venganza sagrada podría satisfacerse a través de su brazo. Su cuchillo había desaparecido, y su cuerpo era demasiado débil para ganarse otro mediante el trabajo, y su mente demasiado endeble, aun de haber tenido el cuchillo, para idear que este sirviera a su único propósito. Era un viejo destrozado, desconsolado y solitario; sin embargo, deseaba vivir: aguardaba algo de lo que no tenía una visión clara —algo difuso, informe— que lo sobresaltaba y le provocaba fuertes pulsaciones en su interior, como esa cosa desconocida que buscamos al despertarnos de golpe, aunque ninguna voz o tacto nos haya despertado. Baldassarre deseaba vivir; y por eso se arrastraba en la luz grisácea, se sentaba en la hierba alta y contemplaba las aguas que albergaban una vaga promesa.
Mientras tanto, los Compagnacci andaban ocupados en sus quehaceres. Las formidables bandas de hombres armados, dejados a su libre albedrío con muy poca intervención por parte de una Signoria turbada, cuando no cómplice, se habían dividido en dos masas, pero ambas se encaminaban pronto por distintas rutas hacia el Arno.
La masa menor se dirigía hacia el Ponte Rubaconte, la mayor hacia el Ponte Vecchio; pero en ambas habían corrido de boca en boca las mismas palabras como contraseña, y casi todos los hombres de la multitud sabían que iban a la Via de’ Bardi a saquear una casa allí. Si no conocían otro motivo, ¿podían acaso exigir uno mejor?
Los armados Compagnacci sabían algo más, pues una breve palabra de orden vuela deprisa, y los cabecillas de las dos corrientes de chusma se