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XXXIII. Baldassarre hace una amistad

Baldassarre hace una amistad

Cuando Baldassarre vagaba por Florencia en busca de un cobertizo desocupado donde poder encontrar la más barata de las camas resguardadas, sus pasos le habían atraído hacia esa única porción de terreno dentro de los muros de la ciudad que no es perfectamente llana, y donde el espectador, elevado por encima de los tejados de las casas, puede ver más allá de la ciudad hacia las colinas protectoras y el valle de gran extensión, por lo demás ocultos a su vista excepto por la apertura propicia que hace el curso del Arno.

Parte de ese terreno ya ha sido visto por nosotros como la colina de Bóboli, por entonces una gran cantera de piedra; pero la ladera hacia la cual Baldassarre dirigió sus pasos era la que descendía a espaldas de la Via de’ Bardi, llamada más comúnmente la colina de San Giorgio.

Bratti le había dicho que la morada de Tito estaba en la Via de’ Bardi; y, tras examinar aquella calle, subió por la pendiente de la colina que había observado mientras cruzaba el puente.

Si pudiera encontrar un cobertizo protector en aquella colina, se alegraría: desde hacía ya algunos años estaba acostumbrado a vivir con un cielo amplio a su alrededor; y, además, los estrechos desfiladeros de las calles, con su franja de cielo arriba y el laberinto desconocido a su alrededor, parecían intensificar su sensación de soledad y su débil memoria.

La colina estaba escasamente poblada y cubierta principalmente por huertos; pero en un lugar había un trozo de terreno agreste, salpicado de

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