Pero si los tonos de exasperación le resultaban chocantes a Romola, con frecuencia había otro miembro del público de fray Girolamo para quien estos eran los únicos tonos emocionantes, como la vibración de las notas graves para los sordos.
Baldassarre se había enterado de que el maravilloso Frate volvía a predicar y, tan a menudo como podía, acudía a escuchar el sermón de Cuaresma para abrevar en las amenazas de una voz que le parecía una fuerza del lado de la justicia.
Acudía tanto más cuanto que había visto que Romola también iba; pues esperaba y acechaba el momento en que no solo las circunstancias externas, sino su propio estado mental cambiante, señalaran el instante propicio para buscar una entrevista con ella.
Dos veces Romola había atisbado su rostro en el Duomo, una de ellas cuando su oscura mirada estaba fija en la suya. Deseaba no volver a verlo y, sin embargo, lo buscaba, como los hombres buscan la reaparición de un augurio.
Pero cualquier revelación que pudiera sobrevenir aún acerca de este anciano era ya un temor secundario: se refería, pensaba ella, solo al pasado, y su angustia estaba casi absorbida por el presente.
Sin embargo, la agitada Cuaresma pasó; abril, el segundo y último mes de la suprema autoridad de su padrino, tocaba a su fin; y no había ocurrido nada que cumpliera su presentimiento.
En la opinión pública también había habido temores, y desde Roma se habían extendido rumores sobre una actividad amenazante por parte de Piero de' Medici; pero en pocos días el sospechoso Bernardo dejaría el poder.
Romola estaba tratando de reunir algo de valor tras repasar sus temores fútiles, cuando el veintisiete, mientras paseaba por la tarde en sus