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XLIX. La pirámide de las vanidades

—emblemas de paz y alegre inocencia—, y los estandartes e imágenes en alto pregonarían los triunfos de la bondad. ¿Había habido bailes en corro bajo el cielo abierto de la Piazza, al son de voces corales que entonaban canciones licenciosas? Habría bailes en corro ahora, pero bailes de monjes y laicos en amor fraternal y gozo divino, y la música sería la música de los himnos. En cuanto a las colectas entre los transeúntes, habrían de ser mayores que nunca —no para cenas copiosas y superfluas, sino para beneficio de los hambrientos y necesitados— y, además, estaba la colecta del Anatema, o de las Vanidades que debían depositarse en la gran hoguera piramidal.

Tropas de jóvenes inquisidores iban de casa en casa en esa emocionante tarea de exigir que el Anatemas les fuera entregado. Quizá, tras haber entregado las vanidades más evidentes, ¿tenía aún Madonna, a la cabeza de la casa, ciertas bolitas enrojecidas traídas de Levante, destinadas a producir en una mejilla cetrina el rubor repentino de una falsedad de lo más ingenua? De ser así, que las baje y las arroje a la cesta de la perdición. O, tal vez, ¿tenía bucles y trenzas de «cabello muerto»? —de ser así, que los lleve a la puerta de la calle, no en su cabeza, sino en sus manos, y renuncie públicamente al Anatema que ocultaba los respetables signos de la edad bajo una horrenda burla de la juventud. Y, en recompensa, oiría voces jóvenes y frescas pronunciar una bendición sobre ella y sobre su casa.

Los imberbes inquisidores, organizados en pequeños regimientos, sin duda acometieron su labor con mucho agrado. Coaccionar a la gente mediante la vergüenza, u otras agresiones espirituales, para que renuncien a cosas de las que probablemente les cueste desprenderse, es una forma de piedad a la que la mente juvenil se convierte con suma facilidad; y si algunos hombres obstinadamente malvados se enfurecían y amenazaban con el látigo o la cachiporra, esto también resultaba emocionante.

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