Y ahora, cuando ya era bien entrada la noche —cuando la lucha apenas podía haber durado mucho más, y los Compagnacci pronto habrían podido llevar sus espadas a la biblioteca, donde Savonarola estaba rezando con los hermanos que o bien no habían tomado las armas o las habían depuesto por orden suya—, llegó un segundo cuerpo de guardias, comisionado por la Señoría para reclamar las personas de fray Girolamo y sus dos coadjutores, fray Domenico y fray Salvestro.
Fuerte fue el rugido del odio triunfante cuando la luz de los faroles mostró al Frate saliendo por la puerta del convento con una guardia que no le prometía otra seguridad que la de la prisión. La lucha ahora consistía en quién sería el primero en meterse en la riada que corría por la calle estrecha para ver al Profeta devuelto con ignominia a la Piazza donde ayer había desafiado a todos; en quién ocuparía el mejor lugar para hacer llegar a sus oídos un insulto, qué digo, para golpearlo y patearlo si fuera posible. Esto no les resultaba difícil a algunos de los Compagnacci armados, a quienes no se les impedía mezclarse con los guardias.
Cuando Savonarola se sintió arrastrado y empujado en medio de aquella multitud vociferante; cuando levantaron linternas para mostrarle rostros burlones; cuando se sintió escupido, golpeado y pateado con las más groseras palabras de insulto, le pareció que la peor amargura de la vida había pasado.
Si los hombres lo juzgaban culpable y estaban empeñados en beber su sangre, solo la muerte lo aguardaba. Pero la peor gota de amargura jamás puede ser vertida en nuestros labios desde el exterior; la profundidad más baja de la resignación no se halla en el martirio; solo se encuentra cuando hemos cubierto nuestras cabezas en silencio y sentido: «No soy digno de ser un mártir; la Verdad prosperará, pero no por mi medio».
Pero aquel breve e imperfecto triunfo de insultar al Frate, que pronto había desaparecido bajo la puerta del Viejo Palacio, fue solo como el