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XVIII. El Retrato

doble situada bajo la ventana que dejaba entrar la luz del pintor desde arriba estaba abierta de par en par, y mostraba un jardín, o más bien un bosquecillo, en el que las higueras y las vides crecían en una enmarañada y rastrera agrestes entre ortigas y cicutas, y un alto ciprés alzaba su oscura cabeza desde una masa sofocante de hojas de morera amarillentas. Parecía como si aquella frondosidad húmeda hubiera empezado a penetrar incluso entre los muros de la amplia y alta sala; pues en un rincón, en medio de un montón confuso de fragmentos de mármol tallado y armaduras mohosas, mechones de hierba alta y hinojo oscuro y plumoso se habían abierto paso, y un gran jarrón de piedra, ladeado, parecía estar derramando la hiedra que pendía a su alrededor.

Por todas las paredes colgaban bocetos a pluma y al óleo de monstruos marinos fantásticos; danzas de sátiros y ménades; la resurrección de santa Margarita saliendo del dragón devorador; Vírgenes con la luz celestial sobre ellas; estudios de plantas y cabezas grotescas; y en irregulares y toscos estantes, unos cuantos libros aparecían dispersos entre grandes manojos colgantes de maíz, cuernos de buey, trozos de panal seco, piedras con manchas de líquenes de colores raros, cráneos y huesos, plumas de pavo real y grandes alas de pájaro.

Surgiendo de entre la sucia basura del suelo había maniquíes: uno con la hopanda de un monje de Vallombrosa, coronado extrañamente por un yelmo con vizera de rejas, otro ahogado por brocado y pieles arrojadas a toda prisa sobre él.

Entre esta naturaleza muerta heterogénea, varias palomas blancas y moteadas se perchaban o pavoneaban, demasiado mansas para huir ante la entrada de los hombres; tres sapos corpulentos correteaban de un modo íntimo y amistoso cerca de la piedra del umbral, y un conejo blanco —al parecer el modelo de aquel que asusta a Cupido en el cuadro de Marte y Venus colocado en el caballete central— movía la nariz con mucha satisfacción sobre una caja llena de salvado.

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