lazos de ternura con la imagen pasada de su esposo; y su irrefutable creencia en el resto de la revelación de Baldassarre hizo que se apartara de Tito con un horror que la habría empujado quizás a proferir palabras apasionadas a pesar suyo si él no hubiera estado más ausente de casa que de costumbre. Como muchos de los ciudadanos más adinerados en aquella época de pestilencia, pasaba los intervalos de sus negocios principalmente en el campo: el apacible Melema era bien recibido en muchas villas y, dado que Romola se había negado a abandonar la ciudad, no tenía necesidad de procurarse una residencia campestre propia.
Pero por fin, en los últimos días de julio, el alivio de aquellos problemas públicos que habían absorbido su actividad y gran parte de sus pensamientos, dejó a Romola con una conciencia menos contrarrestada de su destino personal. La peste casi había desaparecido, y la posición de Savonarola se presentaba más esperanzadora gracias a una magistratura favorable, que estaba escribiendo urgentes cartas vindicatorias a Roma en su nombre, suplicando que se retirara la Excomunión.