Le encantaba fortalecer a su familia con una buena alianza, y volvía a casa con una luz triunfante en los ojos tras concertar un matrimonio satisfactorio para su hijo o su hija bajo su loggia favorita en el fresco vespertino; le encantaba su partida de ajedrez bajo esa misma loggia, y su broma mordaz, e incluso su chiste grosero, por considerar que no estaban por debajo de la dignidad de un hombre elegible para la magistratura más alta.
Había adquirido experiencia en toda clase de asuntos interiores y exteriores: había sido uno de los «Diez» que dirigían el departamento de guerra, de los «Ocho» que atendían a la disciplina interior, de los Priori o Signori, que estaban a la cabeza del poder ejecutivo; incluso había llegado al supremo cargo de Gonfaloniere; había formado parte de embajadas ante el Papa y los venecianos; y había sido comisario del ejército mercenario de la República, dirigiendo aquellas ingloriosas batallas sin sangre en las que ningún hombre moría de valerosas heridas en el pecho —virtuosi colpi—, sino únicamente a causa de caídas fortuitas y pisotones.
Y de este modo había aprendido a desconfiar de los hombres sin amargura; contemplando la vida principalmente como un juego de habilidad, pero sin permanecer insensible a las tradiciones de heroísmo y de honor incorruptible. Pues el alma humana es hospitalaria, y albergará sentimientos encontrados y opiniones contradictorias con mucha imparcialidad.
Era también su orgullo estar debidamente imbuido de la erudición de su época, y no juzgar del todo con el vulgo, sino en armonía con los antiguos: él también, en su juventud, había estado ávido de los manuscritos más correctos, y había pagado muchos florines por jarrones antiguos y por bustos desenterrados de los inmortales de la antigüedad —algunos, tal vez, truncis naribus, faltos de nariz, pero no por ello menos auténticos—; y en su vejez se había apresurado a examinar las primeras hojas