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VIII. Un rostro entre la multitud

Y a la mañana siguiente, inaugurado así el gran día, era propio que los símbolos tributarios pagados a Florencia por todas sus ciudades, distritos y aldeas dependientes, ya fuesen conquistadas, protegidas o de posesión inmemorial, se ofrecieran en el santuario de San Giovanni, en la antigua iglesia octogonal, antaño catedral y hoy baptisterio, donde cada florentino había recibido la señal de la cruz hecha con el crisma de la unción en su frente; que toda la ciudad, desde el hombre de canas hasta el mancebo, y desde la matrona hasta el niño que balbucea, se vistiera con sus mejores galas para honrar el gran día y presenciar el gran espectáculo; y que de nuevo, cuando el sol iba declinando y las calles estaban frescas, tuviera lugar la gloriosa carrera o Corso, en la que los caballos sin silla, cubiertos de ricos arneses, corrían a lo atravesado de la ciudad, desde la Porta al Prato, en el noroeste, a través del Mercato Vecchio, hasta la Porta Santa Croce, en el sureste, donde los más ricos palii, es decir, estandartes de terciopelo y brocado con forros de seda y flecos de oro —como convenía a una ciudad que vestía a medias al mundo bien vestido—, se montaban en un carro triunfal en espera del ganador o del dueño del ganador.

Y después de aquello hubo más bailes; es más, durante todo el día, dice un viejo cronista de principios de aquel siglo, hubo bodas y las más grandiosas reuniones, con tanta música de gaitas, música y canciones, con bailes y banquetes, con júbilo y ornamentos, ¡que esta tierra podría haberse confundido con el Paraíso!

En este año de 1492, tal vez fuera un poco menos fácil cometer ese error. Lorenzo, el magnífico y sutil, había muerto, y un arrogante e imprudente Piero había venido a ocupar su lugar, un mal cambio para Florencia —a menos que, en verdad, el sabio caballo prefiera al mal jinete, por ser más fácil de derribar de la silla—, y ya los lamentos por Lorenzo iban perdiendo predominio frente al deseo murmurado de un gobierno sobre una base más amplia, en el que pudiera frenarse la corrupción y hubiera ese libre juego para la ambición y los celos de todos, que constituía la

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