Las marcas negras se vuelven mágicas
Aquel viaje de Tito a Roma, que había eliminado muchas dificultades de la partida de Romola, se había decidido de manera muy repentina, en una cena, apenas la noche anterior.
Tito había partido hacia aquella cena con agradables expectativas. Las carnes prometían ser delicadas, los vinos selectos, y la compañía distinguida; pues el lugar de entretenimiento era la Selva u Orto de’ Rucellai, o, como diríamos nosotros, los jardines Rucellai; y el anfitrión, Bernardo Rucellai, era un magnate florentino de pura cepa. Hasta su apellido posee un significado de bonita simbología: bien entendido, puede traernos a la memoria un pequeño liquen, llamado popularmente orcella o roccella, que crece en las rocas de las islas griegas y en las Canarias y que, tras haber absorbido una gran cantidad de luz en sus pequeños tallos y cabezuelas, la devuelve en determinadas circunstancias en forma de un tinte rojo purpúreo, muy grato a los ojos de los hombres. Al traer de Levante a Florencia el excelente secreto de este tinte, llamado oricello, cierto mercader que vivió casi cien años antes de la época de nuestro Bernardo, conquistó para sí y para sus descendientes una gran riqueza y el sugerente y grato apellido de Oricellari o Roccellari, que en labios toscanos se convirtió rápidamente en Rucellai.
Y nuestro Bernardo, que destaca más sobresalientemente que el resto sobre este fondo púrpura, había añadido todo tipo de distinción al