No estaba en la naturaleza de aquel hombre dejar una injuria sin vengar: su amor y su odio eran de ese fervor apasionado que subyuga todo lo demás del ser y hace que un hombre se sacrifique a su pasión como si fuera una deidad a la que se debe adorar con la autodestrucción. Baldassarre había aflojado su presa y había desaparecido. Tito sabía muy bien cómo interpretar aquello: significaba que la venganza iba a ser estudiada para que fuera certera.
Si no hubiera pronunciado aquellas palabras decisivas —«Es un loco»—, si hubiera podido reunir el estado de ánimo, el valor necesarios para confesar que había reconocido a Baldassarre, ¿no habría sido menor el riesgo? Podría haber declarado que poseía lo que creía ser una prueba positiva de la muerte de Baldassarre, y las únicas personas que habrían tenido conocimiento positivo para contradecirlo eran fray Luca, que había muerto, y la tripulación de la galera de compañía, que le había llevado la noticia del encuentro con los piratas. Las probabilidades eran infinitas en contra de que Baldassarre se hubiera vuelto a encontrar con alguien de aquella tripulación, y Tito pensaba con amargura que una mentira oportuna y bien ideada lo habría librado de cualquier consecuencia fatal.
Pero haber dicho esa falsedad habría exigido un dominio perfecto de sí mismo en el momento de una sacudida convulsiva: parecía haber hablado sin ninguna premeditación: las palabras habían brotado como un nacimiento repentino que se hubiera engendrado y nutrido en la oscuridad.
Tito estaba experimentando esa ley inexorable de las almas humanas, según la cual nos preparamos para los actos repentinos mediante la elección reiterada del bien o del mal que determina gradualmente el carácter.
No le quedaba ya más que una sola oportunidad: la de que Baldassarre fracasara en su búsqueda de venganza. Y —Tito se aferró a un